Qué es la educación clásica, a qué llamamos educación y a qué llamamos clásica
Entendemos por educación el proceso y el fin de una serie de actos; estos actos son actos guiados por el que sabe y que favorecen la promoción del educando a un estado más perfecto, más acabado que aquel en el que se encontraba inicialmente; el sujeto es siempre el hombre, cualquiera sea su edad, que adquiere, mediante este proceso, un modo de ser, ciertas perfecciones firmes y estables que llamamos virtudes. Podemos decir con santo Tomás de Aquino que la educación “es la conducción y promoción de la prole al estado perfecto de hombre en cuanto hombre, que es el estado de virtud”. Educar es conducir, guiar, acompañar un proceso que se da en el sujeto educando; pero para guiar o conducir hace falta tener ya adquirido, de algún modo, lo que va a adquirir el alumno y haber realizado ya ese proceso. Es por eso, que el maestro, el profesor no puede ser cualquiera ni tampoco en cualquier estado; debe poseer ya esos modos de ser, al menos en algún grado, que son hábitos perfectivos de las facultades humanas y que facilitan la adquisición de su fin último -natural y sobrenatural-.
La educación, como decíamos, tiene como fin la adquisición de un estado perfecto o perfectivo que es el estado de virtud. Ese estado significa la capacidad efectiva que adquiere el hombre educado de conocer la verdad, de evitar el error, de amar el bien y el poder de realizarlo efectivamente. Tiene la capacidad, el poder de conocerse, conocer su fin y conducirse libremente para poder alcanzarlo. Para esto hace falta el despliegue armónico de todas sus facultades y la adquisición, también armónica, de distintas virtudes: morales e intelectuales, especulativas y prácticas.
Ahora bien, nosotros hablamos de educación clásica. Con esta caracterización nos referimos a la educación tal cual la entiende la tradición occidental, bimilenaria, que tiene sus orígenes en la cultura greco-romano-cristiana. Allí encontramos su fuente. Si bien, muchos de sus tópicos serán “redescubiertos” en algunas corrientes pedagógicas modernas o contemporáneas, incluso también “confirmados” por los progresos técnicos, vemos en la educación clásica y su posterior desarrollo el ideal del desarrollo integral del hombre.
Los tópicos principales, por los cuales abrevamos de esta tradición son:
Realismo: desde el comienzo, adherimos al realismo metafísico y gnoseológico. La realidad que nos rodea es ontológicamente independiente de nuestro ser. Cada cosa tiene su esencia propia, que la hace ser lo que es; recibida junto con su capacidad de ser o existir como ente finito, limitado, perfecto y perfectible. Esos entes son cognoscibles en tanto son verdaderos; tienen una unidad metafísica pasible de ser captada por la inteligencia humana, aunque no agotada en su ser por la misma. El hombre está inserto en ese mundo creado, que tiene el ser recibido. Es una creatura más en el mundo, pero una creatura particular, especial, porque es el único ente finito capaz de “darse cuenta” de sus límites, de su finitud y de su ser en el mundo. Capaz de admirar la belleza que lo rodea, de conocer la verdad de las cosas, de gozar del bien y de realizarlo. Por eso, cuando el hombre conoce, su inteligencia se adecua a esa realidad que lo rodea, a la cosa captada, aprehendida. De este modo, el aprendizaje y la enseñanza también deben ser “realistas”. El hombre que aprende se adentra en la espesura de la realidad, con su complejidad, su misterio, su grandeza y su docilidad para ser captada por nosotros, para ser aprehendida y gozada. La educación debe seguir estos lineamientos propios de la naturaleza de las cosas y de la naturaleza del hombre. Las cosas son pasibles de ser aprehendidas y el hombre es capaz de comprenderlas. Pero no sólo eso, la educación supone también adecuarse a la realidad del alumno, a sus capacidades, a su edad madurativa, a su entorno y circunstancias, para poder, a partir de esto, elevarse al conocimiento de lo universal. Por otra parte, las ciencias deben tomar parte en este realismo metafísico y gnoseológico. Lo mismo que la Psicología, la Ciencia de la Educación y todas las Artes que intervienen en el proceso educativo.
Espiritualidad del alma humana: El hombre es un ser único, en cuanto tiene un alma espiritual, principio de vida humana, forma específica del hombre que posee dos facultades: la inteligencia y la voluntad. Por ser espiritual, su alma es inmortal y tiene un destino eterno. Creada a imagen y semejanza de Dios, el hombre se distingue esencialmente del resto de los seres por su alma espiritual que lo hace capaz de un destino eterno glorioso.
El hombre, un ser libre: el hombre posee inteligencia y voluntad; no obra, como los animales, por instinto, con respuestas semi esquemáticas. Sino que obra conociendo y eligiendo; es capaz de reflexionar, medir las consecuencias de sus actos, discernir, decidir y obrar o no hacerlo, obrar de tal manera o de otra. Por eso, es dueño de sus actos, señor de su destino, no determinado sino circunstanciado.
Unidad corpóreo espiritual del hombre: su alma espiritual es forma substancial de un cuerpo humano; ambos principios constituyen una sola substancia. De ahí la dignidad de su cuerpo, que participa de la de todo su ser personal.
Fin natural y sobrenatural: como todo ente finito, el hombre tiene la capacidad de desplegar sus potencialidades, sus capacidades. El hombre es tal desde el momento mismo de la concepción; sin embargo, no posee desde un comienzo toda la perfección que le compete por naturaleza, deberá adquirirla a lo largo del tiempo ejercitando sus potencias propias y fortaleciéndolas con las virtudes correspondientes para poder llegar a ser cabalmente lo que es por esencia. De este modo, el hombre está llamado a alcanzar su fin natural. Pero, amado especialmente por Dios, es llamado a una amistad íntima con Él, recuperando mediante la gracia divina la semejanza que ha sido desdibujada por el pecado. Este camino lo conduce a su fin más elevado, fin sobrenatural, al cual sólo el hombre ha sido llamado.
El sujeto como motor principal e intrínseco de su propio desarrollo moral e intelectivo: Para poder alcanzar su fin, natural y sobrenatural, el hombre debe usar todas sus potencias o facultades, especialmente las llamadas facultades humanas: la inteligencia y la voluntad. De ahí que la iniciativa, el motor principal de su propio desarrollo es el sujeto mismo; no otro sino sólo él es capaz de poner en movimiento su propia interioridad para crecer y madurar moral e intelectualmente. No obstante, dada su esencial naturaleza social, necesita de otros que lo acompañan, estimulan, apoyan y sostienen en este camino.
La familia, primera educadora del ser humano: el hombre, por tener inteligencia y voluntad libre, es el único ser que debe aprender a ser lo que es, a vivir conforme a su naturaleza y su fin sobrenatural. La familia es el primer ámbito natural de ese aprendizaje. La tarea de los padres, encargados de una nueva vida, no culmina con el alumbramiento, ya que toda causa tiende a llevar a su efecto a su fin, la familia es la primera encargada de la educación del niño, de conducirlo y guiarlo. La educación es el necesario y natural complemento de la generación por eso los padres tienen el deber y el derecho de educar a sus hijos.
Principio de subsidiariedad. La Escuela, la Iglesia, el Estado como agentes educativos: La familia no agota toda la sociabilidad de la que es capaz y que necesita el hombre para desarrollarse. Requiere otros complementos que la ayuden en esta tarea que vienen a remediar su imperfección natural. En la escuela, los maestros pueden complementar la educación fundamental que se imparte en la casa; la Iglesia, madre y maestra, también colabora con esta tarea puesto que forma parte de su misión y de la autoridad que le confirió Jesucristo Ntro. Señor; el Estado, cuyo fin es el Bien Común, su función es proteger en sus leyes el derecho.
Experiencia, principio de todo conocimiento: “No hay nada en el intelecto que no haya pasado antes por los sentidos” asevera el estagirita y lo comprueba la vida misma, empezando por el fracaso de las “ideologías”. Todo conocimiento empieza por la experiencia, ese “contacto directo e inmediato con la realidad en su aparición fenoménica”; la experiencia, entendida de este modo, es principio de todo saber. Los saberes enumerados por Aristóteles: prudencia, técnica, ciencia, primeros principios y sabiduría, tienen su inicio, su primer peldaño en la experiencia. Una teoría completa y realista de la experiencia es fundamental para educar y para la Filosofía de la Educación.
Unidad del saber: El conocimiento comienza por la experiencia pero no termina allí. La perfección del conocimiento no se da en la experiencia, aunque ésta es imprescindible. Su perfección se da en los saberes, de los cuales la sabiduría es su ápice. Allí, en contacto con los primeros principios del ser y del conocer, se alcanza la unidad, para poder luego, jerárquicamente descender desde los principios a los otros saberes que se le subordinan. La sabiduría ilumina y da los fundamentos que permiten reducir a la unidad y recuperar la multiplicidad.
Subordinación y subalternación de las ciencias: La realidad es compleja y no se puede acceder a ella de un solo modo; de ahí que la reducción del conocimiento al empleo acrítico de un solo método ha sido de las peores miopías de la Modernidad. Y bien cara la hemos pagado. Esa jerarquía armónica sólo puede ser abordada respetando el modo adecuado de cada objeto; a variedad de objetos, variedad de métodos. Y cuando hay diversidad y jerarquía respetada, habrá también subordinación no sólo de los objetos sino también de las ciencias que se aproximan a ellos. Las ciencias se subordinan a la Sabiduría (también conocida como Metafísica o Teología primera o natural).